KALIMOTXO-COUNTRY

POR JUBÓN

¿Qué tienen en común Los Porretas y Johnny Cash? Pues evidentemente nada, pero me va niquelada como frase tremendista para empezar el artículo, y ya de paso me sirve para introducir el tema, la puntita aunque sea.

Los 90 vivieron el florecer del rock urbano, esa especie de etérea evolución del rock español de los 70 y 80 al calor del punk anglosajón y el rock radical vasco. Quien más quien menos se rebobinó con el boli algún casete de Reincidentes, así que creo estar hablando de algo que todos conocemos.

Los Porretas sacaron su primer disco en 1991. “Que se vayan todos a hacer puñetas” es un álbum cuya carátula es capaz de definir, con una frase y una imagen de fondo, el sonido de este grupo mucho mejor que cualquier párrafo que intente yo ahora. Baste, para los profanos, con decir que ese párrafo tendría dos menciones ineludibles, Leño y RAMONES. Y que un adjetivo –simple- se repetiría varias veces.

Ese sonido sencillo y característico -tan alejado de la complejidad compositiva de Extremoduro, la limpieza de Platero y Tú, el gusto evolutivo de Rosendo o el cuidado de la poética de Marea-, no deja de convertirse en la propia definición de la etiqueta que todos comparten. Y, sin embargo, siendo el grupo más paradigmático de esa indefinición que es el rock urbano, los Porretas cultivaron una rareza musical que los aleja de todos sus compañeros de generación. El country.

Los Porretas, “Vaya día Jeremías”

Y es que mientras todos flirteaban con el ska, el reggae, el punk y el flamenco, o buscaban nuevos horizontes melódicos para un rock cada vez más elaborado y menos espontáneo, los Porretas aderezaban desde su primer disco los cánticos de bodega con una o dos composiciones cuya cercanía al universo redneck choca en esa época y ese contexto.

Las conexiones entre country, rock y punk han sido evidentes siempre. En el ámbito español, sin embargo, esa influencia tradicionalmente se ha obviado. Los grupos de rock urbano, cuando se ponen clásicos, se tiran siempre al riff bluesero ramplón antes que al banjo y la armónica. Manda huevos, en el fondo, que el grupo más barriobajero, simple, limitado -y, en definitiva, cutre-, sea el que marca la diferencia musical de la generación.

La evidencia va más allá de la simple composición musical. Las canciones country de los Porretas se cuentan con los dedos de una mano y, aunque la mayoría de ellas siguen la temática macarra y fiestera de sus demás composiciones -“El baile de los sordos”, “La chaqueta de un guarda”-, otras llaman la atención por sus reminiscencias western. “El  ambiente está cargado / hoy hay juerga en el saloon” o “Jugó su casa, perdió su Colt” no dejan de ser referencias insólitas en un grupo cuyos éxitos llevan nombres como “Rock and petas”,  “La del furbol”  o “Si lo sé me meo”.

Los Porretas, “El deudor del condado de Hortaleza”

Yo, que por aquel entonces no era capaz de distinguir el grito de una garza de un estilo musical, recuerdo cierto desconcierto cada vez que llegaba el último tema de aquel primer casete de Porretas. No entraba en mis esquemas -ni en los del colega que me pasó la cinta y escribió el título- que se llamara “El deudor del condado de Hortaleza”.  Aquel garabato cuidadoso decía claramente “condenado”. Condado era otra cosa. Una palabra que pertenecía a John Wayne y Clint Eastwood, no a cuatro macarras de parque, peta y mini. Y sin embargo allí estaba, aquella canción en aquel disco de aquel grupo. Una canción diferente. Casi un grupo diferente.

Y, sin duda, un gran grupo. De country.

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