PRELUDIO

POR LEVITÓN

Cuando un tema es capaz de atrapar un mal sueño y devolverlo a la tierra de la que vino es que sus notas están muy bien puestas. Cuando es capaz de levantar una sonrisa en el oyente las cosas empiezan a estar muy bien ensambladas. Si, además, hace sentir cómodo al cuerpo, escuchándolo se puede tomar café hasta la extenuación, con sus notas se quiere estar en compañía de las mejores amistades y la paz invade el estómago es que el tema en cuestión se compuso con la claridad de una mente brillante, con el latido de un pecho poderoso, se interpretó con maestría y un toque de magia, se consideró la responsabilidad de que cada nota y cada suspiro tenían que pertenecer a un todo armónico. Sin embargo, hay una opción más. Existe la posibilidad de que, un día cualquiera, dos mentes brillantes, dos cuerpos lejanos, dos sensibilidades a priori muy distintas, se unan en un solo instante eterno.

Cuando un servidor apenas alcanzaba a los volúmenes del equipo de música de casa, mi padre colocaba muchas mañanas en el plato del tocadiscos uno de los temas que más vueltas han dado en mis orejas. Se trata de la interpretación que el pianista de jazz Jacques Loussier hace del Preludio Nº 1 BWM 846 de Johann Sebastian Bach y que se encuentra en el disco Play Bach Nº 1 (1964) del pianista francés.

Como muchos sabréis, Loussier es conocido por sus «versiones» de compositores clásicos, aunque las obras que pasan por sus manos se conviertan al instante en obras singulares. En esta ocasión, la pieza se divide en tres partes. En la primera, el trío formado por el propio Jacques Loussier (piano), Christian Garros (batería) y Pierre Michelot (contrabajo) respeta, aunque a ritmo de swing, el tempo del compositor alemán y lleva la obra de Bach hasta el final. La incorporación poco a poco de la batería y del contrabajo nos adentran en un camino que esperamos tranquilos con la taza de café en la mano. En la segunda, la genialidad de los músicos nos proporciona una alegría que nos incorpora del sillón y nos hace mover las caderas y perdernos, una vez que interiorizamos las melodías en nuestro rincón favorito, silbando al compás como solistas de la banda. Pero la tercera, ¡hay la tercera! Llegamos al minuto 4:20 y la… nosequé se apodera de nosotros. Por mi parte, cuando, como comentaba más arriba, aún no llegaba a los controles de la cadena de música, salía corriendo pasillo arriba, pasillo abajo, en busca de mis piernas. Recuerdo que mi corazón latía sin control y que una especia de felicidad histérica me poseía. Supongo que mi padre debía disfrutar viendo a su hijo en éxtasis. Aún hoy mi sangre hierve de emoción cada vez que me pongo, ahora en mi propio equipo de música, a Loussier, o a Bach, o a ambos. Espero que mis hijos, algún día, tengan un pasillo lo suficientemente largo como para echarse unas carreras conmigo.

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