Robe Iniesta líder de Extremoduro

Robe Iniesta – Obituario. No me obligues a mirar, que no quiero

No, no está pasando. Esto no está pasando. El último verso de la último canción, Esto no está pasando, del último disco de Robe Se nos lleva el aire (2023, El Dromedario Records).

Y, mientras salto de obituario en obituario a Robe Iniesta, de reseña en reseña, de homenaje en homenaje, la intranquilidad de no estar encontrándome en ninguno de ellos. Todo es verdad, pero todo es insuficiente. Superficial. ¿Banda sonora de mi vida? Sí. ¿Me acompañó toda la adolescencia? Claro. ¿Le puso palabras a lo que sentía? Guay. ¿Con él descubrí tal o cual? Ahá.

Todo asociado a otras vivencias. Todo como acompañamiento de algo más. Y todo en pasado.

“Esta ha dolido”

Ahí sí. Ahí me vi. El mensaje me llegó a media mañana y fue la palanca que me permitió conectar por fin con esa nueva realidad. Esta ha dolido. No era el “ha dolido”. Era el “esta”.

Por 3000 pelas cuatro bandas en su «prime» como dicen los chavales de ahora

A estas alturas de generación hemos empezado a ver desfilar, camino del otro barrio, a aquellos que fueron los pilares que nos han hecho ser lo que somos. Cada año, cada mes, se presenta listo de papeles un nuevo candidato. Y sí, claro, todas esas muertes son tristes. Todas son una pena. Pero no todas duelen igual.

Esta ha dolido. ¿Por qué? ¿De dónde esa necesidad de diferenciarla del resto? ¿De dónde el rechazo a tanto homenaje ligero?

Ante los referentes que se van, la nostalgia nos deja un baño dulce de lágrimas agradecidas que vienen a sellar una suerte de paz interior. Te has ido, pero nos dejas esto. Estamos en paz. Después, cada uno nos contamos nuestra vida como mejor nos apañe. Y, en esa autonarración reconstruida, los recuerdos, los momentos, las canciones, encajan suaves y fluidas en el hueco a medida que nuestro relato les ha reservado. Ellos se han muerto y da pena, de acuerdo. Pero lo que dejan es algo, sobre todo, reconfortante.

Jesucristo García antes de subir a los altares

Sin embargo, escondido debajo de ese cauterizador indoloro que es la nostalgia, en la muerte de Robe hay algo más. Algo muy puro y muy virgen. Me costó identificarlo al principio, precisamente por lo evidente que era, pero ahí estaba. Tristeza. Pura y simple tristeza. Ese relato autocomplaciente, ese gracias por todo lo que me dejas, aquí no aparece más que a medias.

No, con Robe no hay nostalgia dulce. Es tristeza, y es incómoda. Porque, a diferencia del bueno de Lemmy, a diferencia de Jorge Ilegal, fallecido un par de días antes, a diferencia de todos los muertos de esos altares que vamos construyendo a medida que los vamos superando, lo que duele de Robe no es ya sólo lo que nos deja, sino lo que nos quita.

El último verso de la último canción del último disco. En cualquier otro caso hablaríamos de casualidad. Aquí bastan unas cuantas escuchas atentas para darse cuenta de que ese verso es sólo el final de una gran despedida. Triste, pero tranquila. Amarga, pero consciente. La despedida que él quiso darnos, y la única a la que podremos agarrarnos siempre que necesitemos. No son sólo las letras, que lo son. Es cómo cabalgan sobre la amplitud de los compases con batería sincopada, es el bajo olvidándose de su línea para liderar toda una orquesta, es el coro de una sola voz subrayando con cursivas y negritas. Es un horror vacui de arreglos en el que, sin embargo, no sobra ninguno. Es, en definitiva, la sensación de estar asistiendo a algo único, al mismo tiempo íntimo y monumental.

Robe Iniesta con Extremoduro en el Recinto Hípico de Cáceres en 2012

Una de las cosas que ha definido siempre a Extremoduro ha sido lo singular de su sonido, entendido en el sentido más amplio. Ni las letras, ni las figuras musicales, ni la profundidad creativa tenían mucho que ver con los compañeros de viaje que tuvieron a lo largo de su carrera. Algo de lo que ya nos dábamos cuenta en la época del rock transgresivo -minúsculas intencionadas-, a pesar de lo imbéciles que éramos. Para alguien que perdió contacto con esa esfera después del Agila (1996, Warner Music Spain), redescubrir a Robe en la madurez fue un regalo tan inesperado como esperable. Era cuestión de tiempo y, para cuando volvió el contacto, las presentaciones ya estaban hechas y pudimos dedicarnos únicamente al disfrute. Él había madurado, yo había madurado, y los dos nos vimos en un nuevo punto de encuentro.

Conozco pocos fenómenos musicales de esta longevidad que hayan tenido una trayectoria ascendente tan marcada como para haber terminado en punto más alto. ¿Es el último disco lo mejor que ha hecho? No me cabe la menor duda. Quién sabe, entonces, sin cuántas obras maestras nos estamos quedando.

Desde el Piornal, a 300 km de la costa más cercana, se ven muchas cosas. Pero no se veía el mar. Hasta hace dos años.
Y, dado que nos ha traído hasta aquí, en el Piornal nos quedaremos disfrutando de la vista.
Al menos unas pocas horas.

Fotos de Óscar GM

*Nota del editor*

Extremoduro actuó en tres ocasiones en Talavera de la Reina: 22 de septiembre de 1989 y 22 de septiembre de 1991 en las Ferias de San Mateo dentro de la programación de la Caseta de la Juventud. La tercera vez tuvo lugar en la conocida por aquella época nave de la FIAGA, ahora Talavera Ferial, un 29 de junio de 1996 presentando Agila.

En Toledo Robe actuó en solitario el 7 de septiembre de 2024 en la Plaza de Toros. Anteriormente y en el mismo escenario Extremoduro hacían acto de presencia un viernes 8 de agosto de 2008 con el tour de La Ley Innata y un 15 de agosto de 2002 presentando Yo, minoría absoluta.

También en el recinto toledano de La Peraleda se dejaron caer en dos ocasiones. La primera el 29 de mayo de 1999 dentro de la gira Moñigos, morid y un 4 de junio de 2004 con el tour Grandes éxitos y fracasos.

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