Y, MUCHOS AÑOS DESPUÉS, VOLVIÓ A PASAR

POR JUBÓN

Y, muchos años después, volvió a pasar.

La música, como tantas cosas en la vida, se me había hecho bola. Artistas, discos y canciones se sucedían en una dinámica que tenía mucho más de mecánico que de sentimental. Las conversaciones con mi amigo Nacho siempre me han servido para indizar de alguna manera nuevos lanzamientos o descubrimientos musicales. Siempre había algún “está bastante bien”, varios “no está mal” y muchos “algún tema tiene”. Pero ayer, después de varios años, no sonó ninguna de esas frases. Sólo sonó un “ojo”, y saltaron las alarmas. Por los aires, además.

Yo, que me había tomado con tranquilidad la escucha del nuevo disco de Quique González, bajé corriendo a por él el día después de su lanzamiento como adolescente que lleva el diablo, maldiciéndome por no haber sido tan adolescente como para comprarlo el día anterior. El “ojo” me había puesto sobre aviso, así que supe prepararme. Esperé a que todo el mundo en casa se acostara, me acoplé los mejores cascos y dejé que la noche hablara con la sinceridad que sólo ella tiene. A las tres de la mañana seguía pulsando el play cada 35 minutos.

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Quique González pertenece a esa estirpe de músicos que deberían gustarme por decreto. Parece bastante difícil que alguien que escucha la misma música que yo haga una música que no me guste, pero a veces ocurre. No es su caso, por supuesto. Pero he de decir que, si bien había notado una conexión evidente con él y su música, ésta era neblinosa y poco lubricada, como un mal contacto de una batería. Siempre había temas buenísimos, pero los discos me parecían demasiado cargados de forrajería. Y, de alguna manera, esperaba esa misma sensación anoche. El puñetazo fue tremendo.

Me mata si me necesitas es un puto bloque de hormigón armado. Un algo compacto, duro, sin fisuras, reblandecimientos o bajones. Su primera frase, “lo escribes y lo rompes”, sólo tiene un final posible. Hasta ese último “Papa, la casa huele a Mama” cada frase, las lingüísticas y las musicales, va pidiendo a gritos la siguiente. Como los botellines en un partido. Como las bofetadas de Bud Spencer.

Leída la crítica del disco en El País, me resistía a creer esa evocación del dueto de Steve Earle y Lucinda Williams en “You’re Still standin’ There” que Fernando Navarro proponía a raíz del tema “Charo”. Una vez escuchado el tema, y el disco, entiendo perfectamente la conexión. La primera vez que escuché aquel tema de Earle la voz de Lucinda Williams estalló en medio de la canción y de mi cabeza convirtiendo algo bueno en una maravilla absoluta e imposible. En Charo ocurre algo parecido al entrar en la canción la voz de Nina (cantante de Morgan) y llevarse todo por delante. Pero no se trata de un símil, sino de una metonimia. Es el disco entero de Quique González el que ha irrumpido en mi canción haciendo añicos toda esa sucesión de músicas que habían dejado de apasionarme.

En definitiva, lo que está pasando aquí es que el cabrón de Quique González se toma la venganza por todas las horas que no le he dedicado a sus discos anteriores. Llevo 48 horas seguidas con el disco puesto en bucle, sin pinta de amainar en un futuro próximo.

Que llueva, pues.

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